La guadaña

Carlos Suárez. /Francis Silva
Carlos Suárez. / Francis Silva
BERNI RODRÍGUEZ

Aun jugador profesional de baloncesto se le presupone, entre otras cosas, la capacidad, o al menos el interés, de jugar en equipo, aunque ese concepto va mucho más allá de pasarse la pelota o ayudar en defensa. Hablo de una parte más espiritual, de hacer todo lo posible para conectar con tu compañero y de intentar ir al siguiente nivel, que es donde los grupos se transforman en equipos. Que ocurra eso es muy complicado, pero es en ese momento cuando se pueden alcanzar los grandes objetivos.

Toda esta reflexión se me viene a la cabeza a raíz de la charla que tuve la semana pasada con mi amigo Carlos Suárez gracias a la reunión que organizó SUR con motivo de una entrevista para este periódico. El tema era la capitanía y todo lo que conlleva el cargo más allá de levantar los trofeos (a Carlos aún le falta alguno para igualarme...). Una de esas labores de capitán está en fomentar esa unión en el equipo de la que hablaba y de buscar fórmulas para que esa conexión, muchas veces entre extraños, vaya cuajando poco a poco. Hay miles de esas fórmulas de las que hablo, pero imaginen lo complicado que es organizar a un grupo de 12-14 jugadores que tienen diferentes rangos de edad, distintas nacionalidades y situaciones familiares opuestas, para poder hacer alguna, por ejemplo, 'actividad extraescolar'. Nadie dijo que eso de ser capitán fuese fácil.

Siempre suelo decir en plan broma que no le pasas el balón a tu compañero de la misma manera, así sin más, que tras haber vivido alguna situación especial, personal o divertida.

«Cariño, ¿todo bien?», le dije a mi novia un día mientras jugábamos todo el equipo al 'paintball' mientras me escondía en una trinchera. «¡Soy Jesús (Lázaro), papanatas!», recibí como respuesta. Íbamos cubiertos hasta arriba, cascos y máscaras incluidas, y claro, me confundí. Desde ese día, mi querido compañero, cuando me pedía la pelota, me llamaba 'cariño'. Pues qué quieren que les diga, se la pasaba con 'más amor'.

Karts, boleras y cenas aparte, lo que más me gustaba organizar era el amigo invisible en Navidad. Conocido como 'Secret Santa' en el mundo anglosajón, es un juego perfecto en el que cada uno tiene que pararse por un segundo a pensar en algo personal que pueda gustar a un compañero. Ya saben cómo va: papelitos con todos los nombres a una urna y a buscar un regalo al que te haya tocado. Exceptuando un mínimo y máximo económico, en mi época de capitán valía todo. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Siempre había algún soso, pero en general se veía un esfuerzo en encontrar el regalo perfecto para cada uno.

A estas alturas de la columna, alguno estará pensando si el título de la misma tiene algo que ver con alguno de los regalos de algún amigo invisible. Pues sí. Un año hubo una guadaña entre los presentes. Pero una de verdad, no un juguete. Era de más de dos metros de altura. ¿Quién lo recibió? Mejor no lo cuento. ¿Quién lo regaló? Lo sospecho, pero no lo sé a ciencia cierta. La verdad es que le sentaba muy bien.

Un año alguien recibió un 'punching ball' (un saco pequeño de boxeo de esos que van de pie). En el vestuario se quedó el resto del año para un buen propósito: cuando pasaba el entrenador enfadado en las primeras partes, le daba un toquecito para desestresarse. Así aliviaba tensión.

Yo, en mi afán de fomentar el buen rollo y el cachondeo, me dedicaba a incluir regalos a compañeros que no me habían tocado en el sorteo. Los echaba al carro de los regalos y después ponía mi mejor cara de póquer para despistar. Lo que fuese para llegar a ese siguiente nivel y que al pasarnos la pelota nos mirásemos con una media sonrisa. Aunque me gastase más dinero. Eso va en el sueldo de capitán.

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