Ya le llamaremos

Berni Rodríguez, durante su etapa en el Unicaja. /
Berni Rodríguez, durante su etapa en el Unicaja.
BERNI RODRÍGUEZ

Termina la temporada y ahora sí que es momento de valoración y de reflexión de lo hecho durante el año. Llega la hora también de tomar decisiones de cara al siguiente curso deportivo, y aunque seguro que durante estos últimos meses ya se le ha ido dando forma a lo que veremos la próxima temporada, será durante estas semanas cuando se producirán los movimientos más importantes.

Tras el último partido hubo comida de equipo, dependiendo de cada club y entrenador, reuniones varias y cada uno para su casa. Se acabó la temporada y comienza la que llamamos postemporada.

Empecemos por lo sencillo, que es cuando un jugador tiene contrato en vigor para el próximo año. En este caso, es más o menos fácil: plan de trabajo para el verano, cuidarse un poco y volver a la pretemporada no demasiado mal (aunque llegues bien, se sufre igual). Además, cuando estás convocado con la selección nacional, poco hay que planificar, porque apenas tienes tiempo entre el final de temporada y el principio de la concentración. A descansar todo lo posible y a empalmar con la pretemporada de tu equipo rezando que, al menos, te den entre medias algunos días libres.

El asunto espinoso llega cuando terminas contrato, viene el «ya le llamaremos» y empieza una larga espera. Son semanas de incertidumbre donde ver el nombre de tu agente en la pantalla de tu teléfono es sinónimo de que se te acelere el pulso. «Tenemos interés de tal o cual equipo», «hay que ser pacientes, no hay nada concreto» o el clásico «el mercado está muy parado», son algunas de la frases que tienes que escuchar de boca de quien debe buscarte acomodo profesional.

Es un momento complicado donde la espera se te puede hacer eterna. Van pasando las semanas y no te llegan las ofertas que esperas o deseas, o no terminas de renovar con el que era tu equipo hasta hace un par de días. Vivir sin saber de tu futuro es una sensación muy extraña que experimentan los deportistas frecuentemente. Piensen lo que significa mover a tu familia de una ciudad a otra, o incluso a un país diferente. Si tienes hijos, ya ni les cuento el estrés que supone todo ese proceso.

En mi carrera, y aunque me considero un privilegiado en comparación con otros compañeros, he vivido esa situación de incertidumbre en tres ocasiones: mi última renovación con el Unicaja, mi salida de Málaga y mi cambio de Murcia a Sevilla.

Hasta que no tuve 30 años, cuando firmé mi último contrato con el Unicaja, no me había parado a pensar en lo que significaría tener que hacer las maletas para cambiar de ciudad. Fue aquel verano de renovación cuando por primera vez noté la extraña sensación de no conocer mi futuro. Anteriormente, mis renovaciones con el club se fueron solapando unas con otras, por lo que ni siquiera me había planteado la posibilidad de jugar fuera de mi ciudad. Finalmente firmé el que fue mi último contrato con el equipo malagueño.

Como les contaba, en dos ocasiones más sentí no conocer mi destino. Incluso, cuando fiché en Sevilla la pretemporada estaba empezada. Fueron semanas de mucho nerviosismo. También les digo que a algunos jugadores lo que les pone nerviosos es permanecer mucho tiempo en el mismo lugar y prefieren vivir en el cambio constante.

Respecto a los cambios, incertidumbre y a los «ya le llamaremos», tenía un compañero que seguro recuerdan, Stephane Risacher, que me decía: «Berni, no sabes la suerte que tienes, jugar en casa vale por dos». Aunque no cambio el haber jugado en otros clubes ya que me ha enriquecido como profesional y persona, ahora, con el paso de los años, entiendo lo que me quería decir.

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