¿Quién roba a quién?

PEDRO RAMÍREZ

Poco nos debiera importar cómo piense cada uno, poco nos debiera ocupar los sentimientos o ideologías de cada cual, porque, aunque parezca de perogrullo y un poco triste tener que recordar, en democracia somos libres de pensar y sentir como queramos, pero eso sí, sin requisitos previos ni imposiciones, sin chantajes ni presiones, sin discriminaciones ni estigmas, sin adoctrinamientos, racismo ni xenofobia, sin actitudes ni afanes supremacistas que tantas veces acaban como acaban.

Poco debiera importar a nadie de dónde venimos y a dónde vamos, de dónde somos y de dónde procedemos, ya seamos catalanes, andaluces, vascos, franceses o extremeños (pero a ser posible sin el síndrome del charnego acomplejado, más papistas que el Papa para poder así redimir el ‘pecado capital’ de la cuna), con orgullo de lo propio pero nunca contra nadie.

Las ideologías son de derecho natural como lo es el derecho a discrepar, que hay que desarrollarlo sin más condicionantes que las propios de cada cual, porque cada uno tiene su verdad y el derecho a ella.

Tan español es un independentista catalán o gallego como los que no lo somos, les guste o no, y tanto derecho tienen a disfrutar de España de sus derechos y libertades como nosotros, nos guste o no, porque España es un país de libertad, la que nos hemos dado a nosotros mismos, por la que lucharon nuestros padres y que nos da la oportunidad de intentar ser aquello que queramos ser, sin más límites que los que vulneran los derechos de los demás, sin más límites que aquellos que marcan la línea de roja de la falta de respeto al otro, al que no piensa como tú, a sus símbolos y a su bandera, que no hacen más que poner en riesgo la convivencia y potencian las fobias y la fractura social.

Desgraciadamente tampoco es nuevo que muchos a lo largo de la historia hayan caído en la tentación de mezclar la política con el deporte, en un uso perverso e interesado por parte de quien se arroga estar en posesión de la verdad y que además pretende imponerla a los demás, que no representa a todos, que divide y enfrenta a ciudadanos, aficionados, socios o a aquellos que sólo quieren defender en la cancha o fuera de ella el amor a una camiseta y el gusto por su deporte, en vez de potenciar los verdaderos valores que deben encarnar el deporte que deben servir más para unir que separar, tanto a propios como a extraños.

Por ello, el deportista debe saber que tiene una enorme responsabilidad a la hora de utilizar la plataforma mediática y la trascendencia social que su deporte y su carrera profesional le ofrece. Por eso el deportista debe ejercer su profesión con coherencia y con respeto a todo y a todos aquellos que la camiseta que viste representa, porque no se puede morder la mano que te da de comer sin esperar que esto no tenga consecuencias, porque no se puede utilizar y después despreciar a quien tanto le debe su carrera.

Y no es que quiera referirme sólo al consabido y ya tedioso, al menos para mí, culebrón Piqué, sino también a aquellos otros deportistas catalanes, algunos incluso con ascendentes directos en Andalucía e incluso nacidos aquí que se han permitido el lujo, instalados en el ‘España nos roba’ de ofendernos a todos y a todo aquello que, sin embargo, le ha permitido desarrollar su carrera profesional. Así me vienen a la memoria unas desafortunadas declaraciones del entrenador del Movistar Estudiantes de la Liga Endesa, Salvador Maldonado, que mucho más allá de declarar sus simpatías políticas, las cuales a mí me dan absolutamente igual, se permite el lujo de despreciar lo nuestro, en ese alarde pueril de quien ha sabido aprovecharse de todo lo bueno que el baloncesto español y España le ha podido ofrecer para renegar sin más de ella a continuación, sin ningún tipo de pudor. Actitudes como estas que acaban convirtiéndose, por cierto, en una verdadera fábrica de nacionalismo español.

La solución de nuestros males es la educación, la ignorancia y el adoctrinamiento las causas de todos ellos.

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