El síndrome del jugador retirado y Felipe VI

Cinco contra cinco

Allí me encontraba yo, hablando con el Príncipe tan tranquilo, tan normal. Cosas que me suelen pasar

El síndrome del jugador retirado y Felipe VI
BERNI RODRÍGUEZ

Hola, mi nombre es Berni y soy un jugador profesional retirado. Lo primero es reconocerlo, o al menos eso dicen los expertos; aceptar la situación y empezar la terapia rápidamente para curar los efectos del problema.

Contando la que leen en estos momentos, hoy cumplo 29 columnas en este periódico y me he dado cuenta que tengo el que siempre he denominado ‘síndrome del jugador retirado’.

Y mira que antes veía a esos jugadores que lo padecían y decía que nunca sería así, que a mí no me pasaría, pero resulta que sí, me pasa. Independientemente del trabajo que tengas o desempeñes en años venideros, al acabar tu carrera deportiva es inevitable que el síndrome aparezca, y yo me he dado cuenta mientras reflexionaba sobre qué escribir esta semana.

El llamado síndrome del jugador retirado no es otra cosa que estar contando historias de cuando tú mismo jugabas. Explicar las batallitas con todo lujo de detalles nos encanta y he sido consciente de notar los primeros síntomas en mi faceta de ‘escritor’ en este periódico. Pues bien, aún a riesgo de ser pesado (consecuencia más grave de la patología), abrazo mi síndrome y seguiré, mientras nadie me lo impida, contando historias como orgulloso jugador retirado que soy.

No recuerdo ni el año ni contra qué equipo jugábamos, lo que sí tengo grabado en mi memoria es lo que ocurrió aquel día. Era la típica mini concentración que hacíamos previa al partido de esa noche. Nos citábamos para comer todo el equipo, dormíamos la siesta, merienda y al partido. Lo normal que hacíamos en esa época en un partido así. Me gustaba salir temprano de casa para asegurarme de no llegar tarde y para controlar que todo estaba bien a la llegada de mis compañeros. Entré por la recepción, saludé a los trabajadores del hotel y me dirigía a la zona de restaurante cuando vi como un tipo fornido me miraba de reojo. Ya noté a otro de similares características en la zona del parking pero le resté importancia, hasta que entré y me encontré con el ‘pastel’.

En una mesa sentado preparado para comer estaba Felipe VI, entonces aún era el Príncipe Felipe. No había nadie en la sala porque había llegado temprano, así que toda mi atención al entrar se dirigió a él. Le miré, me miró, se levantó tendiéndome la mano y me dijo: «Hola Berni, qué tal, cómo estás?». Disimulando mi estupefacción por haberme reconocido, le respondí un amable: «Hola Felipe, ¿cómo tú por aquí?». Allí me encontraba yo, hablando con el Príncipe tan tranquilo, tan normal. Cosas que me suelen pasar. Es cierto que es un gran aficionado al baloncesto y que coincidí con él en alguna ocasión cuando nos recibía con la selección, pero de verdad que no me esperaba que me conociese. A todo esto, estaban llegando compañeros y entrenadores que me miraban con cara de asombro, mientras yo charlaba tan normal.

Me contó que estaba allí por la boda de un amigo. «Es verdad, que lo he leído en una revista», le dije. Y como si estuviese hablando con un colega le suelto: «¿Y no viene Letizia?». ¡‘No viene Letizia’, le dije! Así sin más, ni protocolo ni ‘ná de ná’. Cosas de los nervios, cosas del directo. Por supuesto me respondió muy amable que no podía venir por temas de agenda.

Al terminar y desearnos lo mejor para el partido y la temporada (incluso me hizo un comentario que mostraba que estaba al tanto de la situación actual del equipo), nos despedimos. Nos despedimos hasta que tuve que volver con algunos jugadores españoles y técnicos porque querían fotografiarse con él. Lo hizo por supuesto encantado.

A los jugadores extranjeros que me miraban con cara rara, les dije que era mi amigo Felipe, futuro rey de España.

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