Tiempo muerto

Tiempo muerto
BERNI RODRÍGUEZ

Empezaré donde lo dejamos la semana pasada. Hablábamos del banquillo de un equipo profesional de baloncesto y sus peculiaridades cuando, llegados al momento de charlar acerca de los tiempos muertos, me quedé, como casi siempre, sin espacio.

Como definición, un tiempo muerto es una interrupción del juego solicitada por el entrenador de uno de los equipos. Es una acción característica de nuestro deporte donde, durante un minuto, cada equipo tiene la posibilidad de reunirse en su banquillo para descansar y recibir las instrucciones de su entrenador. En la Liga Endesa, cada equipo tiene un tiempo muerto por cuarto y dos en el último, no siendo acumulables; es decir, que si no se usa durante uno de los periodos, se pierde. A estos se les añade un tiempo muerto adicional por cada prórroga que se dispute. Además, existen los llamados 'tiempos muertos de televisión', que son aquellos que pide la mesa de anotadores para que 'pongan unos anuncios'. Es importante saberlo porque la parada siempre viene a falta de cuatro minutos para que termine el cuarto. Muchas veces no entendemos por qué un entrenador apura demasiado en pedir un tiempo muerto y es porque espera a que llegue el de televisión para así no 'gastar' el suyo propio.

Todo empieza cuando el entrenador va a la mesa poniendo el característico dedo estirado hacia arriba sobre la que posa una mano abierta en forma de sombrero. Lo que ocurre a partir de ahí es digno de estudio. El entrenador tiene la difícil misión de explicarles a sus jugadores, que tienen las pulsaciones muy altas, cierta información en sesenta segundos. Siempre libera su estrés con la pizarra, que es sin duda la que más sufre en esos momentos (he visto varias volar). Mientras tanto los jugadores hacen lo que pueden. Descansar e intentar asimilar lo que cuenta (grita) su entrenador. Con la tensión del partido a todos nos ha ocurrido alguna vez eso de salir del tiempo muerto y darte cuenta de que no te has enterado de nada. «¿Qué ha dicho?», le preguntas al primero que pasa por tu lado. El que diga que no le ha pasado miente. Como se pueden imaginar, tengo muchas historias pero como siempre también solo contaré las que se pueden. Hay otras que mejor guardar.

La primera la considero uno de mis mayores logros como jugador. Estoy orgulloso de decir que yo pedí un tiempo muerto. Tiene truco, ya que ocurrió en un partido de pretemporada contra Memphis Grizzlies y jugábamos con normas NBA donde los jugadores también pueden solicitar el tiempo muerto. Sabiéndolo y encontrándome en una situación límite mientras sacaba de fondo ante una presión, miré al árbitro y tocándome el hombro (gesto que usan ellos) le tiré un «time out, ref». «Bra-vo, Bra-vo», se levantó Germán, y tras él, todo el banquillo aplaudiendo. La sonrisa que yo llevaba mientras iba hacia ellos me la quitó de un plumazo un grito de Scariolo: «¿Estamos en lo que estamos o qué?» Fue efímero, pero tuve mis cinco segundos de gloria.

Otra me pasó en Manresa con Luis Casimiro en mi primer año como jugador en Sevilla, donde intentábamos en el último minuto ganar un 'basket average' imprescindible para nuestra pelea por la permanencia. Luis se centró en hablar de la defensa posterior y el cierre del rebote, y como siempre pasa, rápidamente el árbitro nos pedía deshacer el tiempo muerto. A mi pregunta de qué jugada haríamos en ataque me respondió: «Tú te encargas». Gracias, Luis, pensé. Conseguimos diseñar una jugada verbalmente y sin pizarra mientras recorríamos el trayecto desde el banquillo a la banda. Anotó Porzingis.

En fin, mil cosas suceden cada tiempo muerto y es imposible explicarlas todas, y aunque la televisión intente meter micro y cámara (algún coscorrón me he llevado), al menos pueden sentir un poco más lo que se vive durante un minuto en ese pequeño metro cuadrado.

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