UN ESTILO DE JUEGO

PEDRO RAMÍREZ

Con lo que llevamos de temporada los equipos ya han tenido tiempo de mostrarnos muchas de sus mejores intenciones en la búsqueda de sus señas de identidad, aunque, eso sí, no todos con la misma fortuna. En cualquier caso lo bueno y lo de verdad está aún por venir.

Una vez más el Unicaja ha cambiado su imagen con la llegada de un nuevo entrenador, lo que no deja de ser absolutamente normal, aunque quizás en este caso estemos acostumbrados a que ocurra más de lo estrictamente conveniente. Sobre todo para aquellos que pensamos que lo deseable se encuentra en el equilibrio, y no en la dependencia, entre una filosofía propia de entender el juego de un club y la deriva de un equipo por el impacto en él del talento de sus nuevas incorporaciones, que se van produciendo a lo largo del tiempo y que siempre deben saber y reconocer a dónde van.

El deporte de alta competición exige permanentemente máxima tensión y renovación constante, ideas claras y determinación para saber conformar un equipo con las mejores expectativas posibles cada temporada, conocer bien el mercado, saber detectar primero la aparición de nuevos talentos, saber unir las piezas para lograr un rendimiento coral. Como todo el mundo sabe, o debería saber, un equipo no es solo una suma de egos y de fantásticas estadísticas, eso sería predecible y demasiado fácil, y nunca conformar un gran equipo lo es; y si no que le pregunten a la sección de baloncesto del Barcelona lo que cuesta, a pesar de tener todos los medios a su alcance, recuperar un ciclo ganador y encontrar el relevo de un liderazgo como el de Navarro.

El Unicaja ha hecho un buen trabajo este verano y, con Casimiro al frente, parece que ha recuperado armonía y sintonía entre afición, directiva, cuerpo técnico y plantilla, que se hallaban tan pérdidas en las postrimerías de la temporada anterior. Y es que este equipo sencillamente ilusiona, transmite alegría y buen rollo, divierte y se divierte y, lo que es más importante, hace fácil lo difícil.

El juego lo explica todo, como debe ser, y no hace falta acudir a interminables e innumerables ruedas de prensa para argumentar con frases más o menos grandilocuentes lo que ya acabamos de ver en la cancha. Porque el juego es sencillo cuando es verdaderamente bueno, nunca retorcido ni complicado. Porque cuanto mejores jugadores tiene un equipo, menos tácticas complejas hacen falta para esconder sus limitaciones y sus defectos.

Yo de momento me quedo con esto. Cuando los resultados tienen que justificarlo todo, algo nos chirría a los que amamos de verdad el baloncesto. El camino es donde los protagonistas han de ganarse el respeto. Pasárnoslo bien el día a día es lo que nos atrae cada partido al Martín Carpena y a superar la pereza que da aparcar el coche no demasiado lejos, jugar bonito, hacer buen baloncesto. Un estilo propio de juego también es un éxito y estoy seguro que es lo que más nos acercará a ellos. Luego, ya veremos, pero para mí aquí y ahora ese es el mejor reconocimiento.

Sólo una cosa me gusta mucho menos que todo eso, usar en demasía esas camisetas de mangas cortas tan de moda pero que a mí me resultan feas y, sobre todo, impropias para este juego, aunque ya se sabe que para gusto los colores.

 

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