El Unicaja, con miedo

MARTÍN URBANO

Ni el Unicaja ni el Montakit Fuenlabrada supieron disimular su escasa capacidad defensiva y desde el principio el balón llegaba hasta debajo de ambas canastas con enorme facilidad. El primero en pagar el pato fue Wiltjer, al que Casimiro mandó enseguida al banquillo. La enésima demostración de impotencia del canadiense nos trajo la enorme alegría de ver a otro malagueño en cancha en los albores de un encuentro oficial. Morgan Stilma saltó al parquet con la firme idea de dejarse la piel en defensa, no meter la pata en ataque y acercarse a por todos los rebotes. Sin embargo, fue otro malagueño, Alberto Díaz, el que cambió el son del partido y dotó a su equipo de la organización necesaria para voltear el marcador y anular la ventaja inicial del rival.

Con el paso de los minutos, el cuadro malagueño perdió el dominio del partido, porque se olvidó de que su gran ventaja estaba dentro de la zona y dejaron de pasarle el balón a los pívots. Cuando se llegó al descanso no se sabía qué era más sorprendente, si la ventaja visitante o el hecho de que los pívots del equipo madrileño hubieran anotado más que los del Unicaja.

El juego interior debió ser tema preferente en la charla de Luis Casimiro en el descanso, porque a la vuelta todos los balones acababan en las manos de los pívots locales, hasta que el Unicaja se puso por delante. Cuspineda ordenó ayudas sobre los interiores locales y su equipo recuperó el mando abusando de la escasa capacidad defensiva del Unicaja y de su pobre acierto exterior. El último cuarto arrancó en empate y transcurrió con más errores que aciertos. El miedo al descenso podía justificar tanto desatino visitante, pero el Unicaja no se entendía a qué tenía miedo, aunque lo tenía. La prórroga sancionó tanta mediocridad, aunque fuera un castigo para los espectadores. Al final, victoria del Unicaja más por falta de recursos ajenos que por aciertos propios, ya que, incluso, falló muchos más tiros que su rival. Como ocurre solo algunas veces, fue uno de esos extraños partidos en los que nadie acaba contento.